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(Antiguos Cines Dreams)
Este mes en la Revista : JOKER
JOKER

El que ríe el último, ríe mejor

¿Cómo contar por enésima vez el origen de uno de los personajes más emblemáticos del Universo DC? El desafío era superar las indelebles huellas de Jack Nicholson y Heath Ledger, las dos encarnaciones del personaje más convincentes hasta la fecha, y Joaquin Phoenix fue la mejor de las opciones dado el brillante resultado: una película tan eficaz como efectista, montada a los hombros de su omnipresente protagonista. Su Arthur Fleck (el nombre real del Joker) canaliza descaradamente a Rupert Pupkin (El rey de la comedia), a Travis Bickle (Taxi Driver) y a Alex DeLarge (La naranja mec.nica), con Norman Bates retintineando en el fondo. Pero a la hora de la acción física, Phoenix construye de cero un personaje hipercinético que se deja llevar por su propio ritmo interior, cobrando una contundente presencia física que se debate entre el histrionismo y la lividez. Allí, en esos momentos en los que se observa al espejo o sale decidido a la calle a hacer algo moralmente reprochable, es donde brilla, excede la pantalla, se transforma en algo más grande que su propia imagen: allí es donde Phoenix se adueña del Joker, la mayor representación del mal y la locura desatada, según DC. Allí, en definitiva, es donde se ve claramente cómo el actor se transforma en leyenda. Joker no es una película de superhéroes, ni siquiera de supervillanos, sino una sobre el descenso a la locura y desde allí, bien abajo, el ascenso a la transformación total, el surgimiento de algo más fuerte que un alguien: un icono. Dentro de un universo de muy explícitas influencias (El rey de la comedia, Taxi Driver, Serpico y El justiciero de la ciudad) creado por Phillips, Phoenix nos ofrece un tour de force y nos invita a bajar junto con él cada uno de los escalones de la alienación, de la frustración por un mundo gris, sucio y bullicioso que nos ahoga, y ver cómo se corren las costuras de la cotidianeidad urbana para dar paso a la locura desbocada, esa que se contagia como un virus. Probablemente, sea lo mejor que le podía pasar a las películas de superhéroes (o villanos): una señal de que hay mucha más tela por cortar en los márgenes, sin necesidad de expandir espectacularidad en universos adyacentes, sino adentrándose en los fueros internos de sus personajes. PABLO CONDE